| Breve historia de mi percepción estética | ||
A los veinte años tomé un curso de foto en un museo. Antes de eso nada. No recuerdo haber tenido la menor idea de que una pieza de arte fuera mucho más que eso, mucho más que un objeto. Recuerdo una sensación de misterio en ciertos objetos pero ningún comentario de parte de mis padres o maestros, ninguna propuesta artística más allá de escuchar un concierto los fines de semana y con ello sembrarme la duda de si se podía vivir de tocar en una orquesta. Cero plástica en el ambiente. Incluso a pesar de que mi madre tomó clases de pintura cuando yo tenía unos ocho años. Un cuarto de siglo más tarde entiendo que eso nunca fue arte. Se trató de un rasgo de la vida de la mujer moderna que en mi madre consistía en la búsqueda de una sensación de autosuficiencia del "hágalo usted mismo" en cuanto a los accesorios como lámparas, cuadros, joyas de fantasía, ropa, etcétera. Todo eso sabe hacer mi madre y esas son las causas de que hubiese pintado. No el arte. Mi incursión a la mirada afectada por el museo, a la contemplación productiva, reflexiva y enriquecedora de ver arte, de consumir arte, fue un acto más de rebeldía a los veinte años. Fue buscando bases alternativas a las de mi familia durante mi adolescencia que me metí en esto para ya jamás poder dejarlo. Las primeras obras Después de concertar dos citas por semana para las clases de fotografía en el museo, al cabo de un par de meses comenzó a cambiar mi idea acerca de a qué iba al museo y dejé de pensar que asistía a una clase. Me gustaba decir y decirme "voy al museo". Extrañamente comencé a llegar temprano pero a entrar tarde a la clase y aún si llegaba tarde para la clase, tomaba lista y me iba un rato de pinta con el pretexto de ir al baño para caminar por todos los pasillos del museo aunque fuera casi trotando y deteniéndome de golpe y jadeante como un loco frente a la obra que me llamase a contemplarla. Debía ser discreto y de cualquier modo, me daba un poco de vergüenza porque yo quería "aprovechar el 2 x 1" y la gente que iba eran, según mis estimaciones de adolescente inseguro y ansioso, puros conocedores y yo no debía perturbarlos. Por lo que toca a la clase de foto, si bien no era posible reprobar, yo quería dar la impresión de ser un buen alumno, así que volvía a subir al laboratorio sin demoras excesivas. De esa manera se me clavaron cientos de flashes en la memoria que no puedo ordenar. Una cadena de huevos entre dos cuerdas de acero, un gran juego de hologramas y lucecillas, un gran cuadro de un perro pintado en Italia en 1618 con una luz mejor que la de cualquier fotografía, la manita de muñeca en el florero de Juan Soriano, los chorreados de Pollock, un gran negro sobre negro de alguien que no era Malevich y muchos,muchos fotógrafos. Quise pertenecer y cuando se acabó el curso tuve que volver a casa. Después de un año de ir el hueco de no hacerlo era enorme. Me preguntaba qué causaba esta sensación en todas las obras vistas. No acertaba a responderme que el museo mismo. No aceptaba esa respuesta pero a todo intento que yo llevaba a cabo ya sea en pintura, en foto o en objeto, le añadía en mi imaginación el ser presentado en un museo. Con este ingrediente superinfluyente cada pequeño ensayo de obra de arte era contundente en mi mente pero acaso totalmente superfluo y complaciente para cualquiera que lo mirase. Luego quise aprender a "pintar bien". Fui mucho al Museo de Arte Moderno, al de San Carlos y al Palacio de Bellas Artes. "Pintar bien" quedó como una frase nula al considerar qué parte de la obra de arte es pintar en una buena pintura. Admiré la pintura de Picasso, de Dalí y de Miró, entendí la de Rivera, Siqueiros y Orozco. Me gustó la de Tamayo y me asombró Toledo. Nunca los quise imitar. Con Tamayo y Ricardo Martínez hice un par de experimentos de imitaciones pero sólo para concluir que en mi caso la imitación cancela el propio foro que el artista aspira a poseer. No me atreví a hacer lo mismo con Rembrandt o Vermeer porque me faltó valor. Por soberbia tal vez. No le di valor a esa pintura con el pretexto de que era preciosista o anacrónica. Cualquier pretexto es bueno para abrazarse al miedo. Pero entonces ¿cómo es posible navegar por el arte sin asideros y sin ahogarse, alejado de todas estas preconcepciones y estereotipos? Fácil. No hay problema. No ahí. El problema consiste en cómo es uno visto. El juego del arte poco a poco se fue develando como algo complejo y un asunto más de onvivencia que de producción material. Sin embargo, la técnica de cuando no existían tales cosas como la fotografía o el diseño, la renacentista, la barroca, la gran técnica... tiene desde que la observé por primera vez con atención un poder sobre mí. Pintan la carne como la foto no puede. Aquél perro se volvió importante para mí en varios planos trascendentales. Esa luz que va más allá de la foto, vivenciada, observada. El ojo de un pintor disciplinado. Tenía que entrar a la escuela. 1998 Durante seis años ensayé técnicas y conceptos en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda". En la escuela de arte se juega a tener ejes conceptuales y se ensaya cada semestre. Cuando se aprecia el trabajo de un estudiante uno seguramente lo ve probar un eje conceptual. Luego la mayoría nos perdemos en ellos y es incluso difícil conservar la autoestima en un ambiente de frustración. Al final comprendí que si me interesa el humanismo, no me conviene dejar de lado lo que la gente aprecia y lo que no de mi obra. Tampoco puedo dejar de aspirar a convocar resonancias entre ideales. En otras palabras, me entiendo como un ser social que depende física, intelectual y emocionalmente de su aldea y por lo tanto me interesa ofrecer a la aldea lo que ella busca en los aspectos que comprende el oficio que he elegido. Para mí el arte es la mejor manera de evitar que la humanidad se deshumanice, es una ceremonia de asunción de una vida espiritual y una renuncia a la vida simplista, triste e indignantemente salvaje de la sociedad humana. Creo que esta deshumanización sucedce cuando se pierde la entrega natural y desinteresada de un ser humano a otro y el arte consiste en dignificar y bienintencionar esta virtuosa entrega. Los coleccionistas de arte buscan obras humanas que merezcan un reconocimiento social. Me toca entonces intentar obras que se entreguen socialmente. Producción independiente - dependiente Entre 2004 y 2005 realicé una primera obra con algo de reflexión y mucha candidez aún. Saliendo de la escuela uno supone que hubiera habido un concierto de voluntades y conciencias observando quién produce qué y con qué pensamiento dentro de las escuelas de arte. Somos optimistas y vemos el medio de las artes plásticas como un "big brother" de buena voluntad con quien podemos contar en las buenas y en las malas. La metáfora que utilicé en la serie "Flores de la ciudad" resultó un juego conceptual bastante simple. Consistió en mostrar los pequeños rincones de belleza natural que se ubican en las grietas de la banqueta, en las flores de las plantas "públicas" que son sometidas a los cuidados de un ente social aparentemente desquiciado pero que aún permite que crezcan florecillas e incluso a veces las cuida. En lo silvestre de las banquetas de un eje vial del Distrito Federal, las pequeñas flores muestran una geometría admirable. La serie quedó muy al borde de lo decorativo y si bien esa fue parte de la intención, al final no es productivo someterse a una serie de concesiones aristocráticas que sólo sabotean la labor de hablar por el alma humana. De estas concesiones, la "belleza" es la más grave pero no la belleza en sí sino la belleza según la aristocracia, la belleza impostada y siempre fuera de tiempo, la belleza convenenciera que no proviene del alma. Hoy prefiero enfrentarme a mi labor pagando el costo necesario, sin reduccionismos, sin protagonismos y siempre contemplando el resto del milagro, siempre intentando observarnos en medio de la aldea de otros todos distintos. Por enésima vez tuve que renunciar a la tentación de producir sobre pedido. 2006, Ciudad de México
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Ricardo Zentella Gomez 2008 |
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